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Ene 25 04:06

Competir versus cooperar

Vivimos en una sociedad muy competitiva en la que nos han vendido la moto de que hay que competir para progresar y conseguir algo en la vida. Esto, en general, es bastante falso o, al menos, es lo que pienso yo.

Sinceramente, no me gusta nada la competición de ningún tipo. Es cierto que puedo llegar a picarme jugando a algo, pero en realidad es algo que me pasaba más cuando era chico. Ahora casi que ni en el juego me gusta esa competividad. La entiendo y me parece bien que otra gente la tenga en su justa medida y de forma sana, pero no creo que sea buena en terminos genarales para la vida diaria y ahora explicaré el por qué.

A mí no me gusta seguir deportes ni verlos por la tele, pero sí me gusta practicarlos, eso sí, prefiero hacerlo como juegos que como deportes y es que no es lo mismo. Hace años estudié la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (antes conocida como INEF) en el que aprendí entre otras muchas cosas la diferencia entre el juego y el deporte, siendo ahí donde empecé a acercarme más al primero y alejarme del segundo.

Para los que no lo sepan el deporte viene a ser un invento social, que aunque existía ya en cierta medida en las antiguas culturas chinas y griegas, que tuvo su mayor desarrollo y profesionalización en la época de la revolución industrial. Esta conversión del juego en un fenómeno social institucionalizado y presefionalizado fue, en parte, una perversión de los principios básicos del juego. Es decir, el juego es una actividad natural en la que tanto los animales como los seres humanos nos relacionamos con otros, disfrutamos y aprendemos. El objetivo primero y fundamental del juego es la diversión, es decir se juega por el placer de jugar, no por otros fines u objetivos. Junto con este principio básico existen otros como que el juego se rige por reglas y como tales son flexibles y fruto del consenso entre los jugadores. Es más, la naturaleza del juego permite cambiar las reglas sobre la marcha si las circunstancias o los jugadores así lo requieren.

Por ejemplo, nada impide que en un juego de equipos, el número de jugadores de cada equipo no sea el mismo si no hay jugadores suficientes, o que se cambien las dimensiones del espacio de juego, se cambien los tiempos de las partidas, etc.

En contraposición a esto, está el deporte, que surge de una búsqueda de optimización, regulación y profesionalización de los juegos. Las reglas flexibles pasan a convertirse en normas fijas e inamovibles, el objetivo pasa de ser la diversión para ser la búsqueda de mejores resultados (mejores marcas, mejores resultados, ganar partidos, etc) y aparecen conceptos como el rendimiento deportivo o el cobrar por jugar.

Que respeto mucho todo esto, pero me parece un error intentar vender el deporte como un método docente en los niños, puesto que los valores que transmite son los del capitalismo más competitivo, por mucho que quieran maquillarlo algunos. Mientras que el juego enseña valores como la cooperación, la libertad, la adaptación o la capacidad de diálogo para la resolución de conflictos y de llegar a acuerdos. Estos y otras habilidades sociales que se aprenden con el juego y que muchas veces el exceso de afán competitivo que se enseña a los niños con el deporte anula o inhibe, son habilidades que se echan mucho de menos en la edad adulta.

Hay que tener en cuenta que una de las funciones que tiene el juego en la naturaleza es preparar a los individuos de las especies para la vida adulta, mediante simulaciones de actividades o situaciones similares a las que encontrará en su vida adulta.

Muchos pensarán ahora mismo que esto es un rollo hippie super flower power y demasiado ideal que no tiene nada que ver con la vida real y el día a día de una empresa o del mundo de los negocios, pero nada más lejos de la realidad. Muchos de los analistas que hablan de cómo conseguir mejorar nuestras negociaciones con clientes, colaboradores o competidores hablan de las estrategias win-win, en las que tienes que ofrecer soluciones (que siempre las hay) en las que ambas partes salgan ganando. En general, esa es una de las mejores formas de conseguir los resultados más optimos en los negocios.

Podríamos comprobarlo con modelos matemáticos de las teorías de juegos como el dilema del prisionero, en el que, al contrario de lo que pueda parecer en un principio, el mejor resultado es fruto de la cooperación, no de la traición o competición.

Incluso podríamos comprobarlo fácilmente en casos prácticos como el del software libre, en el que la colaboración ha hecho que en mucho menos tiempo y con muchos menos recursos económicos se haya progresado más en muchas áreas con el software libre que grandes empresas desarrollando soluciones cerradas contando sólo sus propios recursos y basándose en la competencia pura y agresiva como modelo de negocio.

Sólo hay que ver cuánto han progresado los sistemas operativos y los entornos de usuario desde que nacieron hasta ahora y veremos una clara diferencia entre la capacidad de innovación y la velocidad de mejora entre los sistemas cerrados y los abiertos, siendo generalmente estos últimos los que salen mejor parados.

Todo esto me recuerda a una conversación que mantuve el otro día con Álvaro del Castillo que desempeña un rol muy parecido al mío en Emergya, pero en su empresa, Ándago. Nos conocemos del mundillo del software libre desde hace ya bastantes años, somos bastante amigos y compartimos esta visión de la cooperación y la transparencia como base del éxito. Al menos en cuanto al software libre se refiere.

Muchos podrían pensar que deberíamos guardarnos nuestros trucos y estrategias de comunidad para nuestras respectivas empresas, para conseguir mejores resultados que el otro y ser referente en lo que a empresas con presencia en el comunidad se refiere. Esto, aparte de ser un sin sentido por el mismo hecho de que es incompatible ocultar cosas con ser un actor válido y reconocido en la comunidad libre, no sería lo más óptimo para ninguno de los dos.

Creo que es bastante fácil de ver que la suma de las experiencias y conocimientos de ambos, junto con el tiempo que podemos dedicar cada uno al diseño de planes de formación y comunidad, es mucho mayor, que lo que cualquiera de los dos pudiera hacer por separado. El compartir ideas, documentación, cursos, contactos y repartirnos ciertas tareas posiblemente conseguiría, al menos, duplicar los resultados que obtendríamos por separado.

Pero este es simplemente uno de los muchos ejemplos que se pueden dar de alternativas cooperativas a un enfoque más competitivo.

Pero bueno, no soy experto en altas finanzas, ni sociólogo, ni nada parecido. Mis ideas se basan en lo que he observado a mi alrededor desde pequeño, lo que he aprendido en los libros y en mis diversas experiencias profesionales y personales, por lo que estaré equivocado en muchas cosas y son sólo opiniones muy personales.

Claro que, como las leyes físicas que tanto tenemos como verdades universales sin serlo, no es más que un modelo explicativo de la realidad que a mí me funciona y según el cual funciona la realidad que conozco. No sé cómo será en la realidad de otras personas, pero en la mía, la cooperación consigue mejores resultados que la competición y me hace vivir más feliz.

Así llevo bastantes años y me considero una persona bastante feliz y realizada, así que tan equivocado no estaré ;-)

Espero que esta reflexión le sirva a alguien :-) 

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